Friedrich
Resulta curioso observar eso que llamamos nuestra vida -como si fuéramos realmente nosotros quienes guiáramos tan complejo vehículo- desde una perspectiva que nos sitúe al otro lado del espejo. Ser un mero espectador de nuestras ilusiones, de nuestros miedos, de esos actos de los cuales nos arrepentimos e incluso nos avergonzamos, de todo aquello que es causa de unos instantes de felicidad o de pesar, lo segundo, por desgracia, más perdurable en el tiempo. Resulta curioso y, a la vez, desasosegante comprobar, desde esa distancia, que ni mucho menos somos ese alguien que creíamos vislumbrar desde nuestro interior, desde ese cálido y benigno refugio al que designamos yo.
Pero como escribe Fernando Savater: “La ética no es un código, sino más bien una perspectiva para la reflexión práctica sobre nuestras acciones. Y también una de las estrategias de inmortalidad a disposición de los mortales, es decir, otra forma de arte. Por supuesto no consiste en un conjunto de normas, ni categóricas ni hipotéticas: en la vida moral todas las situaciones son excepcionales, porque se refieren a lo irrepetible y único de cada libertad individual. Tal libertad, desde luego, no es ruptura de la infrangible cadena de las causas, sino la creación de sentido que une, más allá de hostilidades y diferencias, a todos los mortales conscientes de serlo. La ética consiste en poner nuestra libertad al servicio de la camadería vital que nos emparenta con nuestros semejantes en desesperación y alegría…”