He pasado muchas noches sentado en la barra de un bar tratando encontrar un poco de calma interior, escuchando canciones que nunca más he vuelto a escuchar y embriagándome, con esa serena frialdad de un profesional del tedio, mirando a cualquier lugar, con esa mirada perdida de quien permanece muy dentro de sí, ausente de todo lo exterior, por qué siempre termina entendiendo que por muy acompañado que se esté nunca se dejará de estar solo.
